Estamos introduciendo a los niños en la tecnología a edades cada vez más tempranas. Incluso comprobamos que niños de apenas dos años se desenvuelven perfectamente con una tablet para adultos, y las marcas de juguetes ya han desarrollado sus propias tablets para niños.

Los niños están cada vez están más rodeados de pantallas que ofrecen ingentes cantidades de información y estímulos, así como un grado de interacción inédito en la historia de la humanidad. 

¿Qué efectos están ejerciendo estos cambios en la dieta cerebral de los niños?

Según Dimitri Christakis, pediatra e investigador de la Universidad de Washington que ha publicado casi 200 artículos de investigación sobre cómo las experiencias tempranas afectan a los niños:

Desarrollo cerebral temprano

Como explica Christakis, nacemos con el cerebro sin desarrollarse totalmente. De hecho, el cerebro de un recién nacido aumenta el triple de tamaño solo en los dos primeros años, y lo hace como respuesta directa a la estimulación externa. La razón de que nazcamos de este modo es doble.

Por un lado, el aumento del tamaño de nuestro cerebro, así como la adopción de locomoción bípeda de nuestros ancestros, que redujo el caudal pélvico para dar a luz un bebé de cabeza demasiado grande, propició que todos naciéramos a medio hacer. Una vez abandonado el claustro materno, todavía somos criaturas indefensas y desvalidas, a diferencia de los animales, que ya nacen instintivamente para cuidar de sí mismos, porque no estamos plenamente formados.

Por otro lado, nacer con el cerebro inmaduro nos ofrece otra ventaja evolutiva: nos podemos adaptar al medio en el que debemos prosperar mejor que cualquier animal, que ya nace con un programa mucho más fijo e inmutable. Ésa es la razón de que los niños aprendan por imitación, adopten el acento de las lenguas que se hablan a su alrededor, los rasgos culturales más sutiles y demás factores del ambiente. Incluso su forma de llorar viene determinada por el idioma materno.

Usando una analogía, el cerebro de un recién nacido es como un dispositivo lleno de cables que aún no están conectados y que, en función de los estímulos recibidos durante las primeras semanas y meses, se irán conectando progresivamente, configurando la circuitería neuronal del bebé. Todos los cables que resulten inútiles para el entorno, serán desechados. Y es que un bebé nace con más conexiones neuronales que un adulto, pero, en aras de obtener mayor eficiencia, elimina las que no son necesarias, en una especie de poda neuronal. Por eso los bebés suelen ser sinestésicos y poseen oído absoluto. Son esponjas ávidas de estímulos para configurarse como futuros adultos.

Habida cuenta de la importancia de los estímulos tempranos, Christakis manifiesta que tal vez un mundo con tantas pantallas interactivas podría afectar los cerebros aún inamduros de los niños:

Durante mucho tiempo, nos viene preocupando que la sobreestimación de un cerebro en desarrollo pueda acortar el período de atención de los niños.

Dado que la navegación de una tablet, en general, no precisa de la habilidad para escribir o leer, los niños pequeños pueden aprender rápidamente consumir películas online, desplazarse a través de fotos de la familia o jugar juegos simples, e incluso usar determinadas herramientas. Desde el principio, pues, los niños ya están interactuando masivamente con pantallas. Nacen en un mundo real, pero también en un mundo digital.

Lo que sostiene Christakis en sus investigaciones es que estimular al niño con dispositivos multimedia a una temprana edad propiciará el desarrollo de una mente que continuamente espera un gran caudal de información de entrada, así como una interactividad muy elevada. El efecto secundario de ello es que los niños preferirán, en un mundo real más lento y menos lleno de estímulos, una superficialidad jalonada de estímulos. La realidad circundante, mucho menos estimulante, les resultará aburrida o anodina en comparación.

Christakis alude ya a estudios que se realizaron antes del advenimiento de las tablets y los smartphones, cuando los niños pequeños consumían muchas horas de televisión, como esté publicado en la revista Pediatrics. El estudio sometió a análisis a 1.278 niños de un año de edad y 1.345 de tres años de edad. Los padres rellenaron cuestionarios de hábitos de consumo de sus hijos y, cuando éstos cumplieron los siete años, se analizó si quienes tenían problemas de falta de atención. Un 10% de los niños que más consumían televisión presentaron problemas de dificultad a la hora de concentrarse y actuaban de forma impulsiva.

Pensémoslo de estre modo: nuestro cerebro evolucionó durante millones de años para procesar las cosas que pasan en el mundo real. Todo lo que pasa en el mundo real pasa a velocidad real. La situación es que el cerebro de un niño trata de adaptarse a un mundo que en realidad no existe. Así que si le enseñamos demasiada tecnología rápida muy pronto, esperará que el mundo funcione así y no lo hace. Si sobreestimulas el cerebro en desarrollo haces que le sea más difícil concentrarse en las cosas que pasan a un ritmo normal.